Lo había hecho, el acuerdo estaba firmado y esa etapa de su vida se quedaba cerrada. Los abogados, el notario y los asesores salieron sonrientes de la sala de juntas y él se quedó solo en su moderno sillón de piel. Había vendido su compañía, el acuerdo no era malo, pero tampoco era muy favorecedor.
Veinte años de su corta vida dedicados a levantar ese emporio económico y ahora no era capaz de sentir nada.
Puso su maletín encima de la mesa, su cerebro buscaba esa sensación de desazón que debería tener, aunque era consciente de que no la encontraría allí.
Maquinalmente abrió el maletín y apartó varias carpetitas de documentos. La 9 mm destelló con la luz que entraba por la ventana, acarició el cañón y la empuñó. Sacó el cargador, comprobó que estaba lleno y volvió a dejarlo en su sitio con un golpe seco. Amartilló el arma, la puso encima de la mesa y cerró el maletín.
Con la cartera en una mano y la automática en la otra salió de la sala. Su secretaria se acercó a él con una sonrisa triste, no logró oír sus palabras, le apuntó a la cabeza y disparó. Su cuerpo cayó sin vida hacia atrás con un ojo abierto en mitad de la frente. Se oyeron varios gritos pero él seguía sin sentir nada, encaminó sus pasos al ascensor y mientras esperaba llegó seguridad. El agente que le había sacado de tantos apuros le preguntaba algo, él le encañonó y disparó dos veces; el primer disparo atravesó limpiamente el pulmón izquierdo y el segundo la yugular en el cuello. Con cara de no entender nada el agente se desangró sentado en el suelo antes de que el ascensor llegase a la planta 80, sujetándose el cuello con una mano sin fuerza.
Cuando se abrieron las puertas disparó varias veces al interior y los cuerpos de dos jóvenes empleados, a los que apenas conocía, cayeron al suelo. Pulsó el botón del parking menos dos. Uno de los muchachos seguía vivo y respiraba ruidosamente, sin mirarle le descerrajó dos tiros.
Su mente volaba, su cuerpo actuaba mecánicamente, se preguntaba por qué no era capaz de sentir nada. Bajó la mirada y observó el arma plateada. Tenía una gota de sangre cerca de la empuñadura, por alguna extraña razón aquel detalle le llamaba la atención, la limpió de forma distraída en su pantalón de diseño, como lo habría echo un niño de seis años.
Sólo quería llegar a casa, recostarse en su sofá y no pensar en nada.
Sonrió mientras pensaba en el camino que le quedaba para llegar a casa, con la autovía llena de coches.
Sólo esperaba haber traído suficiente munición para acabar con tanto gilipollas.
viernes, 19 de septiembre de 2014
viernes, 12 de septiembre de 2014
Experimento 1
Subo las escaleras, no enciendo la luz porque las conozco muy bien, llevo años subiéndolas a oscuras.
Me asalta una duda mientras subo: puede que alguien se haya colado en casa mientras me duchaba y esté subiendo detrás mía, sigiloso. Descarto la idea porque le oiría, el silencio es total y sólo se oyen mis pies descalzos y mojados sobre el mármol frío.
Un escalofrío me recorre la espalda, quizás tenga detrás algo que no haga ruido. Quizás un ente quiere acariciar mi espalda o abrazarme con sus fríos brazos.
No quiero acelerar mi paso porque esas cosas son tonterías, seamos razonables, esas cosas no existen.
Entonces me doy cuenta de que llevo una eternidad subiendo escaleras, mis pies no tocan el mármol y jamás llegaré al piso de arriba.
Me asalta una duda mientras subo: puede que alguien se haya colado en casa mientras me duchaba y esté subiendo detrás mía, sigiloso. Descarto la idea porque le oiría, el silencio es total y sólo se oyen mis pies descalzos y mojados sobre el mármol frío.
Un escalofrío me recorre la espalda, quizás tenga detrás algo que no haga ruido. Quizás un ente quiere acariciar mi espalda o abrazarme con sus fríos brazos.
No quiero acelerar mi paso porque esas cosas son tonterías, seamos razonables, esas cosas no existen.
Entonces me doy cuenta de que llevo una eternidad subiendo escaleras, mis pies no tocan el mármol y jamás llegaré al piso de arriba.
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